Desde chica vi el trabajo como un juego. No es casualidad: mi primer laburo fue como animadora de eventos corporativos y cumpleaños infantiles. Después, trabajé de muchas cosas diferentes porque me divertían. Me gustaba intentar y darlo todo para que me salga. Lo convertía en un juego contra mí misma, y la pasaba bien.
Vuelvo un poco para atrás porque tal vez debería aclarar lo que el juego significa para mí.
Los juegos siempre fueron un momento de unión y conexión en mi familia, un momento de risas, peleas, recuerdos. Durante toda mi vida nos juntamos a jugar sin parar por horas. Horas. Nos involucramos hasta el fondo, lo dejamos todo. Cuando jugamos pasan cosas interesantes: aparecen estrategias, intuiciones, liderazgos inesperados. Descubrimos recursos que no sabíamos que teníamos. Aprendemos a trabajar con otros, a escuchar, a reaccionar rápido, a adaptarnos. El juego nos conecta, pero también nos desafía. Nos provoca. Nos enfrenta con nosotros mismos, y al mismo tiempo nos une.
Y el impacto del juego corporativo lo comprobé durante la pandemia. En ese momento trabajaba en una empresa que estaba creciendo súper rápido. Cada semana entraba gente nueva. Éramos muchos, trabajábamos juntos todos los días, hablábamos más horas que con nuestras propias familias… pero casi no sabíamos nada del otro. Nos conectábamos para revisar tareas. Para resolver problemas. Para avanzar proyectos. Pero faltaba algo más humano.
Quise encontrar una forma de conectar, de relajar, y de conocernos, y ahí surgió la idea de jugar. Llamamos a Teamica, nos organizaron un escape virtual y salió mejor de lo que esperábamos. Nos dividimos en equipos, competimos, nos trabamos, nos ayudamos, nos reímos. Y de repente empezamos a ver a las personas detrás de los roles. Quién pensaba rápido. Quién encontraba pistas. Quién organizaba al equipo. Quién se frustraba y quién mantenía la calma. Tiempo después, en diciembre del año pasado, volví a llamarlos. Esta vez para algo distinto: un festejo de fin de año presencial en otra empresa que también está creciendo muy rápido y donde, otra vez, había mucha gente nueva que necesitaba integrarse al grupo.
El desafío era parecido: generar conexión, romper el hielo, crear un momento que nos sacara del modo trabajo. Y otra vez lo lograron.
Diseñamos juntos actividades distintas según lo que necesitábamos como equipo. Yo confié en sus propuestas y el resultado fue exactamente lo que buscábamos: gente jugando, riéndose, compitiendo sanamente y, sobre todo, conectando. Pero traigo mis propias experiencias para hablar de la importancia y el impacto del juego.
Jugar nos hace bien. Nos despierta algo que a veces dejamos guardado cuando “crecemos”. Nos recuerda que podemos probar, equivocarnos, volver a intentar. Nos invita a involucrarnos de verdad. Por eso creo que vale la pena traer más juego a nuestra vida cotidiana. Al trabajo, a los equipos, a los desafíos. Gamificar las cosas. Competir sanamente. Probar estrategias. Ganar, perder, volver a jugar. Al fin y al cabo, lo importante es divertirse, no?
Magalí Riva

